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El obrero cristiano ante otros obreros cristianos

Por Arnoldo Canclini

 

En tiempos normales

 

Todo pastor puede medir el respeto que tiene por su propio ministerio fijándose en la forma que considera el ministerio de los demás, ya sea en su persona o en su tarea. Se ha insistido tanto en que no existe una clase clerical privilegiada por encima del pueblo cristiano común, que muchas veces se olvida que para un pastor su compañero de ministerio sí es algo especial. Dos palabras deben definir la relación entre los siervos de Dios: aprecio y respeto. Cuando decimos “relación”, no sólo pensamos en el trato, sino en la actitud y la manera con que se habla ante terceros. Aprecio, una palabra que suele ser un tanto vaga para la mayoría. Por eso, ha de cuidarse en concretarlo.

Nadie permite que se hable mal de su esposa o su madre y nos causa pésima impresión cuando alguien rebaja a un cristiano ante otros. Algo similar ocurre entre colegas; la ética impide normalmente que un médico, un abogado y otros profesionales rebajen la carrera o las decisiones de sus colegas.

Cuando hablamos de tarea pastoral estamos ante algo santo y eterno, por lo cual una actitud sin afecto es siempre incorrecta. Cuando Pablo decía:”Tened en estima a los que son como él” (Filipenses 2:29), defiriéndose a uno de sus colaboradores, no eximía de ese deber a los pastores. El clima de un encuentro de pastores –sean dos o más- ha de ser tal que el aprecio sea perceptible. Es un gran privilegio poder compartir con los más experimentados, y también con los más jóvenes, que tienen una visión tal vez más clara de las necesidades de la hora presente. A veces, las formalidades y las costumbres ahogan las expresiones de afecto que siempre hacen bien. El aprecio lleva a la honestidad. Esta pareciera no ser una palabra adecuada, sin embargo, y esto resulta muy serio, muchas veces los pastores callan y tienen una actitud diferente cuando están ante el otro que cuando no lo están.

No es fácil separar el afecto del respeto. Cuando apreciamos a alguien, lo respetamos. Pero digamos algunas cosas concretas, que abarcan ambos campos.

 

1. Respetemos nuestras diferencias.
Los otros tienen criterios, opiniones y métodos distintos, fruto quizá de las diferencias de edad o situación. Tal vez lleguemos a pensar lo mismo, pero entre tanto, digamos con Pablo:”Si otra cosa sentís, esto también lo revelará Dios” (Filipenses 3:15).

 

2. Respetemos la personalidad.
¡Cuidado con los chistes y bromas a costa de los demás siervos de Dios! El chisme es un león que está a la puerta, por lo tanto siempre hemos de tener la vara de una palabra para condenarlo.

 

3. Respetemos el trabajo.
Un pastor está identificado como nadie con su trabajo. Sus ovejas son sus hijos espirituales y el barrio es su segundo hogar. Casi todos los problemas entre pastores surgen por una actitud desconsiderada de cosechar en campo ajeno. Si algún creyente se acerca hablando mal de su pastor, en general ni siquiera debemos escucharlo. Si desea ser miembro de nuestra iglesia, no dejemos de hablar con nuestro consiervo. Tampoco dudemos en recomendarle que asista a su iglesia si es que vive en el mismo barrio. Todos lo pastores saben estas cosas, porque las han sufrido. Pues, sencillamente, no repitamos los males del otro.

 

4. Respetemos a los de otra generación.
Muchos pastores jóvenes son muy bendecidos cuando uno mayor les dedica mucho tiempo, consideración y demuestra la confianza que tiene en ellos y sus ministerios.

Sin embargo, los pastores mayores también precisan apoyo y aliento. A veces ya no tienen tantos amigos de su edad. Otras veces se cansan de tantas palabras de reconocimiento hacia ellos, pero no reciben compañía ni ayuda. Es muy triste ver a tantos obreros que han trabajado muchos años y están muy solitarios cuando llegan a mayores y más aún cuando están retirados.

 

Cuando hay problemas

 

No olvidemos que en todos los ministerios siempre hay horas duras. Y entonces, “como queréis que os hagan los hombres, así haced vosotros con ellos “. Es triste reconocerlo, pero muchos pastores se sienten muy solos cuando tienen algún problema (familia, vivienda, luchas en la iglesia, dudas, etc.). No pueden compartirlo con los miembros quilas sus compañeros de ministerios no se acercan o demuestran poco deseo de escucharle. Esto es muy grave y, aunque sea lamentable, es frecuente.

Todos debemos tener confianza en que, cuando estemos en un momento difícil, lo demás consiervos estarán orando por nosotros. Honradamente, ¿cuántas veces ha habido pastores reunidos exclusivamente para pedir por otro? ¿Cuántos han ido a visitarlo –no a sermonearlo-, sea uno solo o en grupo? ¿Cuántos llamados telefónicos o cartas ha recibido? O ¿cuántas veces le han hablado con afectuosa claridad si falla era suya, sin necesidad de resistirle en la cara, como Pablo a Pedro? (Gàlatas 2:11). Hay quienes se ocupan de ello, pero ¿es esto una actitud natural?

Todo se hace más difícil aún cuando el consiervo ha caído en un pecado de manera evidente. Por supuesto, no podemos condonar el pecado porque haya aparecido en la vida de un ministro; más bien, será lo contrario. Pero hay una distancia (aunque sea una sola letra) entre condonar y condenar. Usando un viejo de palabras, debemos condenar al pecado sin condenar al pecador. Cuando hablamos de “condenar”, nos estamos refiriendo a la actitud ante terceros. Aceptar el menosprecio del ministerio, aun el de quien ha caído, es poner en peligro el propio. Muchos miembros y aun familiares se han perdido por haber oído demasiada condena y rencor hacia otros. Apliquemos también las palabras de Pablo a un joven pastor:”Contra un anciano no admitas acusación sino con dos o tres testigos” (1Timoteo 5:19). No importa el método, pero si el cuidado de nuestra actitud hacia los demás obreros. Si aplicamos al matrimonio (aunque allí no lo diga) la afirmación de Eclesiastés “mejores son dos que uno…porque si cayeren, el uno levantará a su compañero” (Eclesiastés 4:9,10), ¿no podemos hacer lo mismo con los siervos del Señor? Que jamás se diga “¡Ay del solo! Que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante” (v.10). La tarea de la restauración ha de ser una meta importante, sobre todo cuando la caída no se debe a fallas propias sino a situaciones dolorosas en el ministerio.

 

Cuando los pastores se reúnen

Los pastores no deben aislarse. Muchos temas solo pueden hablarse con otros pastores. Por eso, y para fraternizar dando y recibiendo aliento más que para hacer planes, deben apartar tiempo para encontrarse. Como decía en un folleto: “No puedo imaginar cómo hay obreros que nunca asisten a las reuniones que se le brindan como oportunidad…Es difícil cultivar una amistad cuando no hay trato. De la misma manera es muy difícil renovarse a sí mismo, sin una relación fecunda con los de más. El aislamiento lleva necesariamente al estancamiento…

 

Todos necesitamos tener con quienes hablar de todo –los hijos, el dinero, los pasatiempos- sabiendo que somos entendidos en nuestra perspectiva. Y sobre todo necesitamos con quienes orar”. Como en aquellas páginas, sigue siendo emocionante pensar en el apóstol pidiendo a Timoteo:”Procura venir pronto a verme” 2 Timoteo 4:9). Y hasta las tocantes palabras del Salvador, que tienen que ver con nuestro tema:” ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! (Lucas 22:15).

 

(Tomado de “LOS ELEGIDOS” Vol.50, pàg. 54)